SIRIA-TURQUÍA

Obama, Erdogan y la guerra contra el Estado Islámico

Condicionado por sus aliados en el Cercano Oriente, Washington se hace cómplice del genocidio contra los kurdos y marcha sin poder impedirlo hacia una gran guerra regional.

Obama, Erdogan y la guerra contra del Estado Islámico
Nunca como en estos días ha sido tan patente la derrota de la estrategia del presidente Barack Obama de “guerra, pero no tanto” ni tan ominosas las consecuencias del fracaso. 
Mientras las heroicas Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas defienden sus últimos bastiones en Kobani ante la embestida del Estado Islámico (EI), el presidente turco Recep Erdogan sigue reclamando de Washington que priorice el combate contra el presidente sirio Bashar al Assad. Consecuentemente, el ejército turco asiste impávido a la expulsión de los kurdos del Norte de Siria, en tanto John Kerry charlotea sobre la erección de una “zona de contención” en el Norte de Siria.
Para apaciguar al islamismo interno, Ankara acepta la “limpieza étnica” que el Estado Islámico (EI) está realizando en la frontera sirio-turca, pero en cambio irrita a los 20 millones de kurdos internos que esta semana chocaron en las calles con la policía, los nacionalistas y los islamistas reclamando auxilio para sus compatriotas allende el confín. Preanunciando más sangre 20 personas murieron en las ciudades turcas.
El Pentágono, por su parte, ve los bombardeos a las unidades del EI en Kobani como distracción de su meta actual: destruir instalaciones, comandos y rutas de aprovisionamiento islamistas entre Siria e Irak. En un “sincericidio” el vicepresidente Joe Biden declaró en tanto el fin de semana pasado ante estudiantes de Harvard que para Estados Unidos los apoyos sauditas, kataríes y de los Emiratos (EAU) a los islamistas son más problemáticos que los propios extremistas, pero acto seguido se disculpó ante los tres gobiernos.
Los oficiales kurdos acusan directamente a Turquía de haberlos traicionado. Salih Muslim, co-presidente del Partido de Unión Democrática de Kurdistán (PYD), que agrupa a la mayoría de los kurdos del Norte de Siria, sostiene a las YPG y está estrechamente asociado con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en Turquía, declara que “no entiende por qué el mundo no presiona más a Turquía”. Después de recorrer las cancillerías de media Europa volvió con las manos vacías. Muslim rechazó una intervención unilateral turca en Siria, porque los kurdos la verían como una “invasión turca”.
“Para nosotros el PKK y el EIIL son lo mismo”, replicó el presidente Erdogan esta semana, mientras sus delegados exigían de los kurdos de Siria la ruptura con Assad, el desmantelamiento de su gobierno autónomo (tolerado por Damasco) y el sometimiento a su propio comando como condición del apoyo turco. El propio Erdogan anunció el martes 7 su disposición a intervenir en Siria, pero no fijó fecha.
En tanto mantiene a la coalición antiyihadista como rehén de su política interna, el presidente turco debilita a los monarcas del Golfo que también desean derrocar a Assad, pero por ahora aceptan la estrategia norteamericana de concentrarse primero en la derrota del EI. Al mismo tiempo, al cerrar la frontera para los kurdos, Erdogan arriesga la tregua arduamente negociada con el PKK. El renacimiento del enfrentamiento con la primera minoría del país lo haría dependiente a la vez del ejército y de los islamistas locales.
Mientras tanto, el gobierno norteamericano sigue sin decidirse. Apenas había el miércoles el secretario de Estado John Kerry sugerido su acuerdo con una “zona de contención” en el Norte de Siria, salió a contradecirlo el vocero del Pentágono. Hablar hoy de una “zona de contención” huele a avalar la “limpieza étnica” que el EI está haciendo, pero el DoD se preocupa más porque le cabría la responsabilidad de controlarla.
En las Unidades de Protección Popular que defienden Kobani combaten en paridad hombres y mujeres, que además eligen juntos a sus jefes. Este ejemplo democrático es el peor enemigo de las autocracias de la región. Por eso nadie se preocupa seriamente por parar la masacre.
La explicación del dilema norteamericano está en las impolíticas declaraciones del vicepresidente. Estados Unidos se enfrascó primero en la Guerra de Irak, destruyendo su Estado interconfesional y pluriétnico. Luego se metió con Siria, que es un mosaico aún más complicado. Aunque dictatoriales, las cabezas de ambos estados ofrecían la única sombrilla disponible para cobijar a pueblos y grupos religiosos enfrentados. Prudentemente Obama se negó en 2013 a intervenir directamente en Siria, pero inconsecuentemente se negó a negociar con Bashar al Assad y así se convirtió en rehén de los monarcas del Golfo y del presidente del Bósforo. Todos ellos tratan de descomprimir la presión participatoria dentro de sus propias sociedades mediante intervenciones externas en nombre de la fe.
La incapacidad de los presidentes demócratas para desmontar el gigantesco aparato norteamericano de intervención mundial, sin querer asumir la responsabilidad belicista que el mismo impone, ya ha dejado varias veces en las últimas décadas espacios libres en los que se desatan nuevos conflictos que alientan la paranoia guerrerista republicana. La complicidad estadounidense con el genocidio contra los kurdos en Siria prepara ahora el terreno para el triunfo republicano en noviembre y en 2016 y aumenta la escala del enfrentamiento venidero contra el Estado Islámico.